Hoy te aluciné.

Mi rutina comenzó a las 6am, no por gusto sino porque mis antidepresivos así lo decidieron. Desperté, me mojé la cara creyendo que así desaparecería mi ansiedad y al verme al espejo con las manos temblorosas repetí en mi cabeza “ella viene a verme hoy“.

Juré, perjuré y en mi cabeza estaba completamente segura de que tú vendrías, así que seguí mi rutina, me arreglé, me puse la última camisa que compré y comencé a editar para matar tiempo en lo que llegabas.

Dieron las 10am, la hora en que creí que te aparecerías en mi casa, pero el timbre no sonó, mi perro no ladró y mi madre no me gritó para avisarme que habías llegado.

A las 10:30 decidí marcarte, porque estaba preocupada de que te quedaras dormida como siempre o que estuvieses atorada en el tráfico, así decidí marcarte. La primera llamada no entró, no comprendí por qué y confundida volví a intentarlo. A la tercera llamada me desesperé como siempre y decidí mandarte un mensaje vía WhatsApp.

Mientras escribía “Oye, ¿dónde estás? ¿No llegarías a las 10am?” me cayó un golpe a la realidad. Ya no hablamos. Te bloqueé de la mayoría de los lugares donde pudieras contactarme y claro está que tú a mí tampoco me quieres dirigir la palabra.

Así que te aluciné. Cuando caí a la realidad sentí un vacío tremendo corriendo por mi estómago, casi tiro mi taza de té de la mano, manía que decidí retomar después de un largo tiempo de abstinencia, y me recosté sobre mi cama, esperando todo el día que tal vez en serio no lo había soñado y llegarías hoy al menos a desearme un lindo viaje.

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